La madre de Sebastián
Julio 23, 2010
— A dormir chicos—gritó la Mamá de Sebastián desde el pasillo que comunica del living al dormitorio matrimonial— qué mañana temprano siguen jugando a la play station.
A pesar de mis diecinueves años, por primera vez sentí una extraña sensación. De modo que no pensaba en los juegos, sino en la mamá de Sebastián. Esa noche por la madrugada, puesto que todo fuera un mundo en silencio, salí del dormitorio a merodear por la casa. Fui directo a la cocina, abrí el frigorífico y cogí una gaseosa y un emparedado de jamón y queso. Salí y fui al sillón, pues encendí el televisor, arrojé los pies sobre la mesilla y me acomodé para ver una película. Comí y bebí hasta quedar dormido despatarrado en el monumento de cuero del living.
Cuando desperté por la mañana, la familia desayunaba en la cocina. Fui al baño, me lavé las manos, los dientes y la cara. Llegué a la cocina y saludé a todos. La mesa estaba ya servida. Don Humberto de cincuenta y nueve años, cara de mal amigo, regordete de ojos achinados de cabellos cortos grisáceos, tomaba de a sorbos el café emitiendo chasquidos sincronizados. Sebastián de diecisiete años, impávido y esbelto, cabellos castaños, cogió galletas y las comió saboreándolas como si fuera el último día de su vida. Doña Marta de cincuenta años, cara de redonda, morocha de cabellos ondulados, ojos saltones, piel trigueña, un cuerpo conservado y pronunciadas piernas de bailarina, ordenaba la mesada de la cocina. Puesto que advertí a Doña Marta de espaldas, quedé estupefacto e hipnotizado, ver de cuerpo entero a la mamá de mi amigo, me produjo una situación incomoda. Volteé la mirada hacia ambos lados —Don Humberto leía diario y Sebastián se concentraba con el noticiero. Doña Marta con sus movimientos angelicales desparramaba un vaho a perfumes primaverales.
Su enorme culo cubierto por un vestido suelto que dejaba entrever la diminuta ropa interior, me provocaba una situación morbosa. Sus piececitos hermosos cubiertos por unas sandalias alborotadas de colores me saturaban de calentura. Los talones rugosos e impúdicos despertaban en mí una escalofriante excitación. El día había transcurrido rápido. Doña Marta llamó a mi casa para pedir permiso a mi madre si podía pasar el fin de semana junto a ellos. Mi mamá por su parte le dijo que no había ningún problema pero que el domingo tenía que estar antes que anochezca.
Al día siguiente, ya sábado, Doña Marta nos despertó temprano a Sebastián y a mí, porque a las diez en punto llegaba el plomero. Golpearon la puerta, Sebastián corrió a abrirla. Cuando entró el muchacho de unos treinta y picos de años, rostro de actor de telenovelas, nariz aguileña, fornido, cabellos largos castaños y con ropa de color azulino. Esperamos en el living sentado en el sillón porque Doña Marta había ido a hacer las compras. Cuando llegó del supermercado, lo saludó al muchacho y lo guió hasta la cocina. En ese instante me percaté que doña Marta lo miraba de una forma distinta, con otros ojos. El plomero se arremangó la camisa. Pues a mediodía la temperatura había llegado a los 23° grados centígrados. Con Sebastián fuimos al patio a jugar a la pelota hasta que la comida estuviera en la mesa. Doña Marta nos llamó para hacer unos mandados. Fuimos al almacén y compramos pan y gaseosa. En el momento de pagar nos dimos cuenta de que no habíamos llevado dinero. Salí corriendo hasta la casa de la familia Rodríguez, entré y doña Marta se había cambiado de ropa. El vestido blanco trasparente pegado al cuerpo no llegaba hasta las rodillas, los zapatos con tacos mostraba una figura provocativa.
A pesar de que volvimos enseguida, el plomero seguía en la cocina. Doña Marta, sin duda, paseábase de un lado a otro. Dispuso los platos y los utensilios encima de la mesa. Cada meneo, ocasión, sacudida, indicio, dejaba descubrir su anatomía. Y sin embargo Sebastián con su torpeza no se daba cuenta de la situación provocadora de la madre. El plomero, muy hábil, mientras arreglaba el sifón de la pileta de la mesada se arrojaba al suelo y miraba por debajo de la entrepierna de la señora. En un momento dado, contemplaba como el muchacho disfrutaba del espectáculo de la mujer. La comida, carne asada al horno con papas y mayonesa, bañaba el ambiente a un aroma riquísimo. Sebastián de cuando en cuando me cargaba por mi sobrenombre que algunos compañeros de la escuela me adoptaron con tripa. Doña Marta con su risita de hiena me miraba excitada. Doña Marta fingió agacharse y volvió a inclinarse y tomó un repasador del suelo. El plomero embobado me miraba y sufría cada segundo. Yo contemplaba la tanguita negra metida en culo. Puesto que el plomero había terminado el trabajo, cobró y se fue sin ton ni son.
Sentados los tres en la mesa. Doña Marta sentada frente a mí, me preguntaba si me hacia falta algo y al mismo tiempo me refregaba el pie en la verga. De cuando en cuando largaba una risotada cómplice. Luego bajé la mano derecha por debajo de la mesa y me acomodé la verga afuera del pantalón de gimnasia. Mientras comíamos, la señora se levantó de golpe y se fue al baño. Cuando volvió advertí que se había lavado los pies y cambiado de calzado. Antes de que Sebastián se diera cuenta pues encendí la tele para despistar a mi amigo de lo que estaba sucediendo. Sebastián subió el volumen de la televisión y se quedó muy entretenido con la novela. Doña Marta y yo seguimos con la empresa. Sin embargo, ahora trabajaba con los dos pies suavemente sin llamar la atención. Saboreaba la carne como si fuera a chupar una verga. Percibió que iba a terminar. Comencé a templar y me bajé un poco más de la silla para acabar sin hacer el menor ruido alguno. De repente doña Marta se paró y empezó a juntar los platos y cubiertos. Me había ensuciado el pantalón y para no se dé cuenta Sebastián, lo lavé en el baño.
No obstante, ya por la tarde, Don Humberto había regresado del trabajo y se fue a dormir una siesta. La hora de la merienda se había acercado. Mientras que la mamá de Sebastián preparaba cafés con facturas nos fuimos a la habitación a jugar a los videos. Después de que había jugado, y que, por supuesto le tocaba a Sebastián, bajé las escaleras y entré en el baño a orinar. En cuanto salí contemplé a lo lejos a doña Marta en la cocina. Me acerqué y la tomé de la cintura y le di un beso en el cuello. No tuvo intención de resistirse. Giró e hizo rodar una silla, y me empujó para que me sentara y abrió las piernas.
Cuando se subió, empezó a cabalgar hasta darse cuenta que mi verga estuviera dura. Luego bajó la cremallera y con la mano derecha se introdujo mi verga en su concha. Cabalgaba con desesperación. Agitados. Calientes. Sin aire. Me tapo la boca y me hizo terminar. Seguía sin parar, hasta terminó jadeando muy satisfecha. Levantó la pierna izquierda y se fue directamente al baño y me hizo señas que me fuera para arriba. Después de esa noche, no hubo oportunidad alguna para repetir lo que hicimos.


